Jorge
Domínguez González
El pasado
miércoles tuve la oportunidad de asistir al Museo de las Culturas del Norte en
donde el historiador Miguel Méndez García ofreció una conferencia la cual tocó
aspectos relacionados con “La Apachería en Chihuahua”. Él es una de las
personas, habitante de la comunidad mexicana de la región noroeste de Chihuahua, quién –a
mi entender-, posee la más completa sistematización de entre todo el pueblo
llano que vivimos en estos lugares sobre los eventos que
sucedieron durante más de 300 años en lo que actualmente es parte de Chihuahua.
Un tema que, a mi ver, es parte de la
identidad histórica de los chihuahuenses.
En alguna
ocasión, cuando fui docente, puse a mis alumnos varones en una situación
dilemática y pregunté, para que se contestaran a si mismos: “Si en
alguna ocasión, estuvieren en un baile y tuvieren la obligación de bailar y no hubiere disponibles nada más
que dos muchachas, de la misma edad una güera de ojos azules y una
“aindiada” de ojos negros ¿A quién de las dos pediría que bailara con
usted? La misma pregunta la refería a las alumnas: “Si en alguna ocasión,
estuvieren en un baile y tuvieren la obligación de bailar y al mismo tiempo, por un lado y
otro se acercaren, a pedir que bailara dos muchachos, de la misma edad uno
güero de ojos azules y uno “aindiada” de
ojos negros ¿A quién de los dos
aceptaría para que bailara con usted? Si hubiere pedido respuestas por escrito
tendría una cuantificación del índice promedio de discriminación para los
jóvenes de esa institución en aquel tiempo. La discriminación en nuestra
cultura es algo de lo cual cada uno de nosotros evade hablar de la propia en
el mejor de los casos y no es opcional,
sino que es uno de los valores a los que nos inducen las muy diferentes esferas
de la sociedad y lo peor sin que nos percatemos de ello ¿Acaso el porcentaje de
modelos o actrices rubias mostradas en los medios corresponde al porcentaje de
rubias existentes en la sociedad?
Creo que
las familias viejas de Chihuahua, guardan recuerdos del siglo antepasado como
aquel de que un apache borracho se había metido, por la chimenea, una casa y entre todas las mujeres lo
golpearon y amarraron hasta que llegaron los hombres. Léase: mujeres contra un
“apache borracho”, ideológicamente y evidentemente es para
demeritar a lo que hoy se conoce a los
“pueblos originarios” para abonar al demérito social que tiene la palabra
“indígena” (los que no hablan bien español, los flojos, los tontos, etc.) En lo
personal pienso que si algo “bueno” subsiste en cada uno de nosotros, los
chihuahuenses y los mexicanos, ese algo tiene que ver con el espíritu de los “pueblos originarios”.
Nos
referimos a esos pueblos así, no porque aquí haya sucedido la evolución de ellos, aunque no faltará algún científico
que eso sustente, la mayoría piensa que los grupos cruzaron de Asia a lo que
hoy es América, hace miles de años, cuando se congeló el Estrecho de Bering. Llamamos
“pueblos originarios” a los que YA
estaban aquí en este continente
cuando llegaron los europeos a conquistar y/o colonizar con todo y sus valores; ellos se sorprendían,
por incomprensible, cuando con diversos
rituales los veían decir “declaro estas tierras y lo que ellas contengan propiedad
de su majestad el rey fulano, o de mi propiedad, en nombre de …”. No, la madre
Tierra como Madre no podía ser propiedad de alguien; sin embargo poco a poco, golpe a golpe,
muerte a muerte aprendimos a diferenciar
MÍO, TUYO el primer, valor fundamental de la sociedad actual y a los cuales
únicamente podemos referirnos como “los valores” pero, no debemos ser tan
descarados como para mencionarlos pero, sabemos que sí son. No hay nadie que
los enseñe mediante clases, pero los aprendemos mediante el didáctico ejemplo
de lo que se hace con los recursos de diferentes instituciones de la sociedad
que nos queden más cerca y los medios de difusión distrayéndonos para que no
veamos la realidad, según el sociolingüista
Noam Chomsky.
Pero como
diría mi agüelita “de eso no estábamos hablando”. Con trascendencia social el choque de culturas
originarias con las europeas fue de dos
tipos. Primero llegaron los españoles sin mujeres y luego llegaron los de
Inglaterra con sus familias; los primeros por el oro y las riquezas, los otros
por lo mismo pero, principalmente huyendo de persecuciones religiosas. Los
primeros cohabitando generalmente con las indígenas y los otros
cohabitando excepcionalmente con las
indígenas, Pocahontas es un ejemplo. De español e indígenas centenares y luego
miles de mestizos; al principio
repudiados por las familias de ellas porque estaban “descoloriditos”,
habitantes sin derecho en las tierras de sus madres. Aproximadamente 60 años
después, el dominico Fray Bartolomé de las Casas hubo de visitar a Carlos I de
España para convencerle de que los
pueblos originarios eran seres humanos y por lo tanto merecedores de derechos y
deberes, mas de aquí a que llegó ese reconocimiento con las Nuevas Leyes, muchos
pueblos originarios habían desaparecido en las minas y a ellas fueron traídos
esclavos de África y a ello se debe la sensualidad de algunos de las y los chihuahuenses, labios
gruesos y cabello rizado (Chantal Cramaussel). Hay quienes interpretan
que la escultura de Sebastián “La puerta de Chihuahua”, a la entrada sur de esa
población, que cada columna representa
estas tres razas originales de Chihuahua.
Otra
vez, como diría mi agüelita “de eso no
estábamos hablando”. La colonización de los ingleses en la costa este de
América forzó a los pueblos originarios
a migrar hacia el oeste, haciendo que los diferentes grupos de apaches
penetraran, poco a poco, a las tierras
de la Nueva España, de la Nueva Vizcaya en cuyo norte se encuentra lo que sería
Chihuahua, a la vez que los españoles
exterminaban a la población nativa aplicando sus valores máximos; Así, siempre hubo quienes apoyaron a los
señores del poder, como todavía los hay,
Como
anécdota: a la par de que está de moda
que los jóvenes al lanzarse del último trampolín gritan Jerónimo, los habitantes de Mata Ortiz, en el mpio. de
Casas Grandes, generación tras generación, aseguran que Ju, el maestro de
Jerónimo, rodó y murió al resbalar hasta
el río, cerca de El Rucio 10 kilómetros al sur
“Defendamos el ecosistema del Río Casas Grandes”
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