sábado, 9 de marzo de 2013

NOTAS SOBRE LA LEALTAD Y EL EJÉRCITO EN CHIHUAHUA

                                                                                                     Jorge Domínguez González

A principios de los años 70´s, en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio de la Cd. de Chihuahua, nuestro profesor de Arte y Estética, Agustín Méndez Rosas, quién años después sería nombrado Director Federal de Educación para el estado de Chihuahua nos contaba que éste como entidad no contaba con un escudo pero, que él sentía que la población de diversos rumbos del territorio chihuahuense se identificaba de alguna manera con el escudo de la ciudad de Chihuahua que apenas había sido elegido como tal alrededor del año de 1940.  

En los años 70´s  creo que la identidad de los jóvenes estudiantes chihuahuenses era más que nada regional, referida a las características geográficas propias del lugar de dónde vivían pero,  sabiéndonos parte de un  estado con un corrido propio, dónde el consumo de frutas era de temporada como la naranja, guayaba, el aguacate  que venían de lugares dónde “la vida se da en árboles”; sabíamos que éramos parte de un territorio muy vasto pero, muy poco poblado pues si íbamos a lugares lejanos dentro de Chihuahua, siempre nos “salían” familiares o conocidos directos o indirectos.

El escudo de la ciudad de Chihuahua es un arco gótico invertido cuyo centro se divide en tres partes separadas por hojas de laurel. En la parte superior,  a la izquierda,  hay un malacate, en el centro el acueducto y a la derecha un mezquite; de fondo  los cerros Coronel (sin las antenas que ahora lo coronan), el Santa Rosa (sin casas) y el Grande (sin símbolo religioso), antenas, casas y símbolo religioso  fueron colocados ahí cuando ya existían leyes que lo prohibían. En la parte media 16 cuarteles de colores alternados de plata y rojo en los cuales están dos caras de perfil de un español y un indígena para significar el mestizaje. En la parte inferior del escudo se encuentra la fachada de la catedral de esa ciudad en color oro para significar la firmeza y fortaleza.

En las esquinas de la parte superior  se encuentran sendas flores de manzana y luego: “Sn Phe El RL DE Chih” (San Felipe el Real de Chihuahua); circundándolo de izquierda a derecha palabras que, a mi juicio, caracterizaron a los chihuahuenses: valentía, lealtad y hospitalidad. En 1983  a este mismo escudo se modificó lo escrito en la parte superior y se sustituyó por “Estado de Chih” y por decreto del Congreso Local    vino a ser el escudo del Estado de Chihuahua.

Tengo la impresión que los chihuahuenses mayores de cincuenta años tuvimos  la última  oportunidad de ser testigos de como nuestros padres o vecinos estaban  disponibles para de otorgar hospitalidad a personas, aun desconocidas,  en caso de necesidad; luego, vino el tiempo de no dar hospitalidad  ni a los conocidos, por conocidos y mucho menos a los desconocidos.  A mi,  me parece que la hospitalidad, que caracterizó a los chihuahuenses, venía desde siglos antes por la consideración y solidaridad hacia los viajeros quienes tardaban días en trasladarse de un lugar a otro dentro de este enorme territorio.   

De la valentía los ejemplos son muchos en la historia de Chihuahua  algunos nombres de personajes quienes  realizaron este tipo de acciones,  para beneficio colectivo, se encuentran en las paredes del Congreso de Chihuahua  y otros muchos en la memoria de las comunidades.  Creo, que en las acciones de esta naturaleza, valiente, el objetivo es el mejoramiento de  este mundo y existen personas dedicadas a ello, otros buscan de manera encubierta el beneficio personal y es difícil detectar quienes son; a veces, se les localiza porque son los mismos que descalifican y desacreditan a quienes se oponen a sus personales objetivos, en otras se ponen en evidencia por establecer entre ellos relaciones de dominación-subordinación y de apabullar para someter a quienes les son contrarios, a mi ver, son reacios al diálogo.

Los chihuahuenses de antes de la independencia del país siempre tuvieron lealtad  a la persona del rey Fernando VII  de España pero, cuando los habitantes de la Villa de San Felipe el Real de Chihuahua alcanzaron a ver dentro de la caravana de prisioneros en 1811, a quienes los realistas pintaban como un demonio enemigo de su rey Fernando VII, fue  cuando los chihuahuenses vieron  a un anciano cansado y enjuto, a mi  entender, ese  fue el momento en que dio inicio la reflexión de si la lealtad había de realizarse hacia las personas o si debía ser una lealtad hacia principios. 

Una de las características del Ejército Mexicano dentro del contexto de países latinos en el mundo  y que data desde mediados del siglo pasado es que para esta institución  la más alta  jerarquía es un civil, pues el Presidente de México,  desde esos tiempos, es para todos los militares el Comandante Máximo.  Sucedió al revés en muchos países latinos de América y de Europa en los que se establecieron gobiernos nacionales encabezados por dictaduras militares, de las cuales apenas en los últimos tiempos se han estado despojando. Sin embargo, ahora y visto desde la experiencia de los chihuahuenses del siglo antepasado, me pregunto si es de mayor honor que la jerarquía militar muestre lealtad a una persona o si es de mayor honor  la lealtad a principios éticos elevados como la libertad y la justicia y digo esto último porque pudieran considerar éticamente honorable los principios derivados del poder y/o del dinero. Habríamos de analizar las variables de los casos de Portugal y de Venezuela.