Desde los años 70´s y creo que desde antes, durante
y después del movimiento armado que resultó en la Revolución Mexicana de
1910-1917 las prácticas en la vida pública, a mi parecer, han venido en
desprestigio de la política como una práctica inherente a la vida democrática y
la falta de comprensión de lo que es esta última. Hablo de los años 70´s porque
en nuestro país fue una época en la cual el autoritarismo gubernamental
comenzó a ser enfrentado por la ciudadanía, después de la represión por parte
del Estado alcanzó los niveles que se mostraron el 2 de Octubre de 1968. A la
par de que grupos de ciudadanos consideraron la lucha armada como única
alternativa ante la falta de prácticas democráticas en la vida pública. Sin
embargo, quienes fuimos jóvenes entonces, de la noche a la mañana comenzamos a
ser ciudadanos pues a fines de 1969 se decretó que no tendríamos que esperar
hasta los 21 años para ser ciudadanos, sino que a los 18 años
podríamos ya convertirnos en ciudadanos.
No obstante, todavía hoy existe un considerable número de
personas que rechazan ser “políticos” o realizar actividades “políticas” pues
la reputación de quienes han estado en cargos públicos por parte de la
ciudadanía, ya sean cargos de elección o por nombramiento, es de que esos
puestos sirven no sólo para obtener altos salarios y prestaciones, sino poder
para realizar negocios provechosos o fingirlos, sino que en otras ocasiones, el
poder del cargo público suele ser utilizado hasta para que ingresen en
esa secretaría o departamento familiares o amigos sin el perfil para el puesto
y, a veces, hasta sin trabajar. Es por ello que: los ciudadanos rechazan
ser “políticos” y/o realizar “política”. A mi ver, en esta percepción
generalizada de deshonestidad en el desempeño y de engaños para obtener un
cargo, han contribuido un considerable número de políticos y se refleja
en un alto índice de abstencionismo electoral. No en balde existe una alta
resistencia de quienes están en algún cargo de carácter público, de gobierno o
no para rendir cuentas de manera transparente al público. Estas prácticas
suceden cuando en el sentido original de la política era la de participación
de los ciudadanos en la toma de decisiones de la comunidad.
Existe el porcentaje de ciudadanos que se abstienen
a acudir a las elecciones y otro de quienes acuden a votar pero, todos cuentan
con una Credencial de Elector pero, todos lo hacemos en consideración de
que en nuestro país ese documento de identificación es el más confiable en la
mayoría de instituciones o negocios. A mi entender, la Credencial de Elector
debiera de servirnos a quienes tenemos un modo honesto de vivir y que hayamos
cumplido 18 años, es decir, a los ciudadanos, para participar en
los asuntos de la vida pública que nos atañen, es decir, participar en la vida
democrática. Ya en la democracia representativa, ya usándola para votar por los
partidos políticos con quienes se identifican con sus principios y programas;
ya por los candidatos, quienes se lucen en lo físico y/o en las promesas.
Sin embargo, a pesar de que en los programas de Educación Básica en la
asignatura de Educación Cívica y Ética se marca que quienes pasen por ahí
han de conocer cuáles son los poderes y niveles de gobierno, no es
así y al menos a mi me ha tocado escuchar, inclusive, a
profesionistas que solicitan a algún candidato presidencial en campaña el
arreglo o pavimentación de las calles o a un candidato a la presidencia
municipal prometer que aumentará los salarios de los trabajadores y en ambos
casos dichos, solicitante y candidato han sido aplaudidos por la
ciudadanía.
Con estos antecedentes de desconocimiento del
sistema político por parte de los ciudadanos y aunado a que un porcentaje
considerable de los ciudadanos que si vota lo hace a la manera
conservadora: por los candidatos y no a la manera ilustrada: por los principios
y programas partidarios. No es extraño que en eventos de democracia
participativa, en escuelas, juntas vecinales, de trabajadores, etc., los
ciudadanos suelan ser manipulados por líderes inescrupulosos quienes
viendo por sus intereses, manipulan a las masas o a las asambleas en el sentido
de su conveniencia personal (distrayendo la mirada colectiva de ello). Claro en
la manipulación influye el papel de los medios de difusión, los
cuales se aferran a ser llamados medios de comunicación, aun cuando sabemos que
no se cierra el circuito de la comunicación y que los mensajes van
en un sólo sentido.
Por lo anterior, no es extraño que en política que
practicamos, e incluso entre los de izquierda, en el dialogo o debate,
el argumento de la razón no sea el de principal peso para las reflexiones
sobre un problema o situación social de cualquier nivel de gobierno, ni
tampoco que el conocimiento comprobado sea la base en las discusiones, que baja
en sus niveles culturales. En cambio, hemos refinado las prácticas sobre
la difamación y la calumnia de quienes opinan de manera diferente a
la nuestra, a tal grado que sus ideas o ellos mismos caigan en la
descalificación. Esta semana me contó mi amiga Sofía desde Guatemala que un
gobernador provincial y un diputado cada uno de diferente signo político (los
dos varones eran amantes) en una sociedad que se dice liberal pero, que
en el fondo es machista, y ante la persona de alto poder que le compartió esa
“información”, ella con diplomacia me explicó que no le quedó más que preguntar
“Y cuál de los dos se acuesta boca abajo?” y que la respuesta había sido que,
él de signo contrario al de la informante y que, el de arriba con las
mujeres era muy caballeroso. Uno respira aliviado, allá es Guatemala, aunque
aquí estamos en…