Por ser tema de interés sociológico y
personal en el caro sentido que como chihuahuense tengo respecto la libertad de
conciencia y a la libertad de religión los cuales he incorporado a mi
identidad individual; quiero opinar lo que, desde mi punto de vista,
existe tras la renuncia del papa Benedicto XVI, no para denostar o
descalificar, como suele suceder gracias
al ejemplo con el cual un alto porcentaje de la alta clase política educa al pueblo, en el arte de mostrar una cara o hacer promesas frente a los ciudadanos mientras a
sus espaldas atentan contra los intereses populares violentando y tergiversando el sentido de la
ley, no. No, quiero opinar como ser humano,
que vive en una sociedad del norte de México en dónde si bien es cierto que,
por razones históricas existen razones que nos alejan del fanatismo y nos
acercan a la tolerancia religiosa, hoy me parece pérdida esa identidad
libertaria; no obstante, cuando con pena veo, lo que para mi es un retraso
social manifestado cuando un considerable porcentaje de habitantes del noroeste
de la entidad pues, cuando afirman o niegan verbalmente lo hacen acompañando, la afirmación o negación
de advocaciones a la divinidad. Cambiando con ello, poco a poco, este elemento
de la identidad que nos hacía diferentes a otros mexicanos. Parecería que, es
más difícil ser que aparentar o decir, no cabe duda.
Las memorias de mi infancia y de mi juventud.
Me llevan a recordar de mi formación católica con las misas en latín y mi
tránsito, a través, de las demás iglesias
que existían en mi tierra natal, Delicias, por el tiempo necesario para
conocer los dogmas que, a mi ver, las
hacían (a estas religiones) diferentes a
unas de otras aunque todas se refirieran
a un mismo Dios. Un alto, antes de
llegar a mi ateísmo, en el cual me he
detenido, fue la finalización del Concilio
Vaticano II y sus manifestaciones
de ese evento en 1967 en mi terruño: las
misas ya no fueron en latín, sino en español; el sacerdote ya no daba la
espalda a la feligresía durante la
misa…como que sentí que la Iglesia Católica trataba de ponerse al día. Este
Concilio Vaticano II fue convocado por
el Papa Juan XXIII y presidido por el mismo desde el año 1962 y, luego
presidido por el Papa Pablo VI desde la muerte de aquel en 1963 hasta su
conclusión en 1965. El objetivo principal era el que he citado: la puesta al
día de esta institución religiosa, que congrega todavía al mayor número de
creyentes en el mundo, en italiano, el “aggiornamento”. Se aspiró, en esta reunión de obispos, a la renovación de la práctica moral de la
vida, desde el punto de vista de esta religión, en todos sus fieles.
Desde afuera de esta organización, la Iglesia
Católica, podemos observar a quienes
estaban por el “aggiornamento”, y a
veces su testimonio, y quienes en sentido contrario pretendían que la Iglesia regresara a sus
fuentes originales. Entre aquellos se encontraban los jesuitas que
propusieron la “Teología de la liberación” y entre estos últimos Joseph Ratzinger quién posteriormente sería nombrado como Papa Benedicto XVI
en el año 2005, después del larguísimo pontificado de Juan Pablo II. Desde
afuera eso vemos pero ¿y desde adentro? No sé, como creyentes podrán ver a su
manera, como creyentes podrán ver esta parte de la Historia de la Iglesia con
los ojos de la fe.
El pasado Jueves 14 de Febrero, los
noticieros de los medios de difusión electrónica de México, citaron más de
veinte veces ese día que “El Papa durante
su estancia en León, Gto., sufrió una
leve herida en su cabeza”. El mismo día estos medios citaron, únicamente, dos veces que él Papa manifestó que ya no tenía fuerzas para cumplir con el
cargo y ocultaron las severas críticas de Benedicto XVI emitidas el Miércoles
de Ceniza cuando manifestó que “La
Iglesia está en ocasiones desfigurada por las divisiones del cuerpo
eclesiástico…”, o qué lamentó la hipocresía religiosa”, así como “el comportamiento de los que aparentan” y las actitudes de los que buscan ante todo
“los aplausos y la aprobación” y en esta intervención el Papa llamó a superar “el individualismo y las
rivalidades”.
Luego, el fin de semana que pasó, nos llega
desde Roma, Italia y por medio del
periódico “ la Repubblica” (El Diario de Juárez. 22 de Febrero 2013. Pág..15A)
que Benedicto XVI había nombrado una comisión que investigara a la jerarquía
vaticana y que durante el transcurso del 2012 le informaron, que “destacados
miembros de dichas jerarquías estaban implicados en luchas intestinas por el
poder, el dinero e incluso el sexo…añade que este documento será entregado al
siguiente papa”. A mi parecer, de ser cierta esta información, debe
reconocerse, la renuncia al cargo por Benedicto XVI como un acto educativo de honestidad y valentía
ante una situación de corrupción que no pudo cambiar.