26 de Febreo del 2012 Jorge Domínguez González
Ahora la lista de los pecados capitales es otra pero, para la mentalidad del los conservadores de hoy es la misma de hace más de cincuenta años. Los pecados capitales, señalados por la Iglesia Católica, son: la envidia, la pereza, la avaricia, la gula, la lujuria, la soberbia y la ira.
Dante Alighieri, asignaba a los iracundos el quinto círculo y nivel del purgatorio y caracterizado “una niebla furiosa y un aire amargo y negro” y luego, en el quinto círculo del infierno ubica a los iracundos sumergidos en un pantano, tal vez para indicar que la ira sólo se calma de esa forma cuando volvemos la atención a nosotros mismos para sobrevivir...
Todavía en los Estados Unidos, la Associated Press en el Diario del pasado jueves nos informa que “El baterista Deen Castronovo del grupo Journey fue sentenciado a 80 horas de trabajo comunitario en Oregon y a tomar clases de control de ira por una pelea en la que incurrió en violencia doméstica.” O sea que, la ira ha de ser evitada, reprimida o al menos controlada.
En el mismo campo semántico de la ira están también el odio, el enojo, la indignación, la cólera, la furia, la saña, la irritación, el furor, la rabia, la violencia, etc., los cuales, a mi ver, tienen una diferencia de matiz como emociones que implican una reacción en contra de algo que nos afecta o agrede.
Por supuesto que uno está en contra de todos los matices de violencia que nos son visibles como los que suelen darse en las relaciones de pareja como el caso de Deen Castronovo, los cuales en nuestro país son sancionados de manera diferente. También, es reprobable la ira como parte de las relaciones familiares o las relaciones entre los ciudadanos o de estos en su relación con las autoridades de diferentes niveles de gobierno, es decir, cuando existe la violencia en forma de golpes, torturas o cuando por causar daño físico al sujeto pasivo.
Existen otras formas de ira más graves, en dónde la violencia se produce de tal suerte que los agredidos no se percatan de ella y que es más peligrosa, me refiero a la violencia simbólica, misma que nos hace ver como naturales las relaciones de poder entre dominadores y subordinados ¿Es verdad que cada uno de nosotros tenemos nuestros principios y nuestros valores? ¿Qué está detrás de aquellos los principios y valores que consideramos nuestros? ¿Son auténticos? ¿Por qué no son auténticos?
Con todo quisiera reivindicar, sin violencia física, la reacción que nos es propia a los seres humanos ante situaciones concretas que atentan contra las condiciones de vida y dignidad como tales, me refiero a la capacidad de indignarnos de manera auténtica ante la injusticia y excluyendo, a la par, la posibilidad de que experimentados manipuladores manejen nuestra indignación para utilizarla para su beneficio personal.
La mayoría de cada uno de nosotros estamos inmersos en un país donde siento difícil librarnos del consumismo y del poder distractor de los medios ¿Cómo recuperar en estas condiciones la capacidad de indignarnos ante situaciones que agreden la condición humana? ¿Cómo hacer frente con una ética personal que nos lleve a la acción para consolidarnos cómo grupo humano, sin pasar por arriba de otros humanos?
Ahora, en estos días aciagos, ya desensibilizados por la saturación de escenas violentas de los mismos medios, vemos en ellos la misma violencia y ya no sentimos, callamos; vemos en los periódicos las fotografías de torturados, callamos; en la calle, a veces, observamos la corrupción de algún agente de tránsito, guardamos silencio ¿En qué instituciones pervertidas nos enseñaron a callar y a guardar silencio?
Hoy en estos días funestos, ya desensibilizados por la saturación de escenas violentas de los mismos medios, vemos como los dueños del poder y del dinero desalojan de sus espacios de renta o de lugares públicos a los pobres de esta tierra y vemos como los dueños del poder y del dinero se apropian de espacios privados o públicos y callamos; luego, vemos en la calle a los indígenas o a madres e hijos pidiendo limosna y guardamos silencio o les damos algo como quien da a un perro el agua que nos sobró.
Actualmente, en estos días adversos, ya desensibilizados por la saturación de escenas violentas de los mismos medios, vemos a los gobiernos incumplir las leyes como aquella que dice que “toda la educación que el Estado imparta será gratuita” y callamos, guardamos silencio.
Así, en un contexto de indiferencia reivindico el valor de la indignación, aun como forma de ira pero, sin violencia para que nuestra sociedad avance con la participación autónoma de cada ciudadano y el posicionamiento claro de los partidos políticos en nuestra entidad, con la idea de que la esperanza no ha de ser derrotada, ni hemos de participar en este desánimo.
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